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El pibe del anillo

Mano con anillos
Spoiler

Se requiere ser fan de El Señor de los Anillos.

Frené frente a la puerta de la rotisería. Sabía cómo se pone Él cuando hay comida, así que esperaba que mucha gente se me quedara mirando fijo si se me escapaba alguna frase rara. Al menos no había mucha fila, así que respiré hondo y entré.

— El aire no está tan viciado aquí abajo.
— Ya empezamos —dije, poniendo las manos en los bolsillos.
— ¿Qué pasa ahí afuera? —respondió Él con voz más ahogada, pero no le contesté. En su lugar, me acerqué un poco más al mostrador para ir mirando las comidas.

Di un par de pasos y noté el piso brilloso, con un letrero amarillo curiosamente ubicado. Una chica con guantes celestes vapuleaba las baldosas con energía, con un lampazo que seguro había tenido días mejores. Estaba tan concentrado mirando la escena que casi me caí.

— ¡Sucios! ¡Rastreros! Nos harán caer, sí, precioso, nos harán caer.
— ¡Shhhhhh!
— ¿Necesitabas algo?

Se me iluminaron los cachetes a puro rojo vivo y le pude negar con la cabeza a la chica, haciendo la mano un puño para esconderla de vuelta en el bolsillo.

— Hemos cumplido nuestro juramento. Libéranos, Elessar.

Era difícil ignorar a Él, pero logré mirar arriba y empecé a tantear qué combo tenía ganas de comprar, mientras esperaba en la fila. Quizá algo de pollo, con papas fritas, ya sabía lo que iba a decir.

— ¿Papas? ¿Qué son papas, precioso?
— Sí, queremos papas, ¿no?
— Es mi cumpleaños, y yo lo quiero.
— No, es un almuerzo en un día normal, pero lo pedimos igualmente. Buen ojo.

Adelante mío, un tipo vestido con campera de cuero se sacó un auricular de esos chiquitos Bluetooth y se giró sobre el hombro. Claro, estaba hablando en voz alta. Seguro iba a parecer un loco.

— ¿Qué decís?
— …
— Sí, vos, ¿qué me decías?
— No, nada, tranquilo —y se dio vuelta.
— Guarda la lengua bífida entre los dientes, Gríma lengua de serpiente.
— ¡Shh!

El tipo se giró nuevamente hacia mí, aún con el auricular en la mano.

— ¿Me estás cargando?
— Un Bolsón nunca haría tal cosa…
— No, no te estoy hablando—.
— …y menos el señor Frodo.
— No veo a nadie más en la fila acá, dejá de joder y dejame en paz, ¿querés? Que tengo que volver al trabajo ya.
— Está bien.
— No son los tiempos oscuros los que nos atemorizan, sino aquellos que tienen el poder, pero no la voluntad de hacer lo correcto.

Qué ocurrente que era Él a veces, tuve que reírme y vi cómo se tenían de fucsia las orejas del flaco enfrente mío.

— Me arriesgaré a tener un poco de verdadera luz.
— ¿Querés que te mate, eso querés? ¿Querés que lo arreglemos afuera? ¿Vos sabés quién soy?
— Enano, te rebanaría la cabeza si se alzara un poco más del suelo —largué otra carcajada, casi me caigo de vuelta.
— Es verdad que es medio enano.
— ¡Dale que te mato, te mato!
— ¡Hasta la desolación, y el fin del mundo!

Muy apropiado de Él citar al rey Théoden, la verdad. Me iban a dejar el ojo negro, pero lo valía, así que me preparé para el golpe.

Respiré un par de veces, y seguía sin sentir nada. Me animé a abrir los ojos de nuevo, y el de seguridad estaba haciendo (y ganando) una pulseada aérea con el tipo de la campera, que terminó soltándose y saliendo del local con un portazo. Miré a un costado y se reía también la chica del lampazo, que había dejado de asesinar el piso.

— Ningún oro, por muy brillante que sea, es tan precioso como sus cabellos.

Le medio reí a la chica, que me devolvió la sonrisa agarrándose el pantalón cual pollera y haciendo una mini reverencia con la cabeza. Me miró con ojos sospechosos, y se escuchó otra voz, pero de una Ella, no de Él.

— Preferiría compartir una vida contigo que enfrentar todas las edades de este mundo sola.
— …
— ¿Vos también..?
— Tres anillos para los reyes Elfos bajo el cielo —contestó la chica y miré la mano del lampazo. Allí estaba Ella, una tira fina de plata alrededor del dedo índice, con una piedra azul brillante.

Todavía boquiabierto, levanté la mano derecha, donde estaba mi anillo dorado con su correspondiente piedra roja. Él saludó a su vez.

— Entonces, eh, ¿hacemos algo o así? Una merienda tranqui, ¿te parece?
— Sí, claro, obvio.
— El mundo ha cambiado. Lo huelo en el aire.
— ¿A qué hora termina tu turno?
— A las cuatro estoy libre.
— No sé si nuestro estómago aguantará hasta el almuerzo —y los dos nos lanzamos a reír otra vez.
— Bueno, sí, Él tiene razón, mejor voy a pedir y te espero después, ¿te parece?
— Perfecto. Soy Maia —y extendió la mano.
— ¡Me estás cargando!

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