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Es un gato lamebotas

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Gatito escondido atrás de una caja de cartón

Lunes

Algo me estaba mojando los pies. De un solo movimiento me senté en la cama, completamente fuera de mi sueño ya. Parpadeé un par de veces cuando reconocí la silueta, ¡era un gato!

Pero yo no tenía gato… bueno, supuse que no había opción. Me levanté de la cama y fui a buscar algo a la heladera, en medias. Me había vuelto de fútbol todo chivado y echado directo a la cama, era loco que el gatito estuviera lamiéndome las medias sucias.

Menos mal, todavía tenía un poco—saqué la caja de leche y la serví en un plato hondo. La dejé en el piso, pero el gatito la miró tres segundos, agitó el bigote y me volvió a mirar con ojos curiosos. Típico.

Jueves

Cerré la puerta del frente con un golpecito de cintura, y dejé la caja sobre la mesa. Escuché la camioneta del correo acelerando por la calle mientras ponía llave. Finalmente tenía en el departamento la nueva casita para el michi, que había decidido llamar Nico. Fui a buscar una tijera al cajón de los cubiertos, y de paso junté la leche que estaba todavía sin tocar en el plato hondo. Nico la seguía ignorando, era hora de cambiar de estrategia. Ya se me iba a ocurrir algo.

Mientras tanto, corté el envoltorio de plástico amarillo y descubrí la caja, tironeando un poco. Corté los tres kilómetros de cinta arrancando un poco de cartón en el camino, y también lo tiré sobre la mesa. Ahora tenía que vaciar todo el relleno de telgopor y de burbujas de plástico y finalmente pude sostenerla en manos—estaba bastante bien, aunque olía a nafta.

“Ojalá le guste, ¡Nico!”, llamé pero no me contestó nadie. La dejé en el piso, cerca de la puerta. Miré a mi alrededor y no estaba Nico a la vista, ¿se había ido? ¿Adónde? Bueno, mientras tanto iba a guardar todo el desastre que había armado. Acabé con toda la montaña de telgopor de la mesa, y para sorpresa de nadie, cuando levanté el plástico amarillo el michi me devolvió la mirada. Obviamente en lugar de elegir la casa nueva recién comprada, había elegido el cartón. Gatos.

Lunes

Volví de comprar la bolsa de comida en la veterinaria y los dos cositos de plástico, el dispenser de comida y el de agua. Organicé todo al lado de la casita, que el michi aún no había visitado nunca, a juzgar por la falta de pelos.

Después de luchar un rato con el envoltorio nuevamente, quedaron armados los dos sistemas. No podía esperar a que Nico me ignorara como siempre, así que lo fui a buscar. “¡Michi! ¡Nico!”, grité unas cuantas veces. También susurré el cántico ancestral felino, pspspspsps, pero no pasó nada.

De tanto hacerlo por un tiempo me empezó a molestar la garganta, casi como que cada respiración era un preludio a una tos. Nunca tosí de verdad, pero me sentía incómodo. ¿Tendría que ir al médico?

Miércoles

“¿Tenés cambio? ¿O te pago por transferencia?”

El tipo de la fotocopiadora me cobró por las copias y me fui preocupado del local, tosiendo de nuevo. Nico no había vuelto a casa en los últimos días, así que a pesar del frío, no estaba cerrando las ventanas del departamento cuando me iba, en caso que el michi se arrepintiera y quisiera entrar. Sabía que los gatos son independientes, y que quizá el michi me había abandonado tan rápido como había llegado, pero no me iba a resignar.

Me puse a recorrer el barrio en bici pegando avisos en donde veía lugar. Lástima que nunca le había sacado una foto, así que solo daba una descripción con palabras, en lugar de una imagen. Ojalá alguien me pudiera ayudar.

Pasé toda la tarde ocupado, y cuando llegué a casa necesitaba un baño. Me dolía mucho el hombro y el brazo izquierdos, de tanto sostener fotocopias contra postes para colocarlas.

Sábado

Estaba preocupado y tenía problemas para pensar. No sabía qué cocinar, no quería ir a bañarme, me olvidaba de tomar agua. Gatos, pensaba, dónde estará el michi ahora. La tos no se me había ido, ahora estaba acompañada de fiebre pero no tenía más ganas de salir de la casa. Estaba todo hecho un desastre, opté por pedir comida una vez más, porque no me daba la cabeza para mucho más que tirarme en la cama a reflexionar.

Quería que volviera y mirarlo, tomar leche o ignorarla, o sentarse en un cartón. Hacía poco que lo había conocido pero lo necesitaba desesperadamente. ¿Por qué no volvés, Nico? ¿Qué hice mal?

Martes

No había ninguna solución.

No tenía hambre, no tenía sed, no tenía energía. No tenía más que despedirme yo también, de este desastre, y quizás me encontraría al michi donde sea que termine después de esta vida de pena y mugre.

La casa era un chiquero, pero no me costó encontrar una corbata, porque hacía mucho ya que no me vestía decente—así que el saco no se había movido más de su lugar, a diferencia de toda la ropa desperdigada por el piso. Agarré un par y me fui al comedor, que todavía tenía las ventanas abiertas aunque sin esperanzas.

Supuse que si me iba a despedir, tenía que estar cómodo, así que me saqué las medias primero, el pijama, los calzoncillos, la remera. No me acordaba cómo hacer un nudo corredizo y no tenía internet para verificarlo, así que solo hice un nudo común que esperaba fuera suficiente, y me lo pasé por la cabeza.

Ahora la parte difícil. Para subirme a la mesa, primero tiré las migas y cubiertos sucios al piso con un abanico del brazo. Me pude parar arriba con dificultad, e intenté atar la otra parte de la corbata al ventilador. Pero a duras penas estirando el cuerpo tanto como podía, pude tocar el techo—mejor sacarme la corbata antes, por comodidad. Después de largos minutos intentando logré atar firme un lado al ventilador, pero estaba sin aire y me quedé reflexionando que la otra mitad era muy corta para atarla en mi cuello.

Me tuve que sentar en la mesa, agotado. Estallé en lágrimas de frustración, que me quemaron los ojos sucios de tierra. Escondí la cara en las manos un rato.

Miau.

“¿Nico?”, miré a todos lados, enfermizo. ¡Nico! Salté de la mesa, me tropecé y me hice pelota contra el piso, pero no importaba nada. Estaba ahí el michi, lamiendo mis medias sucias, tiradas en el suelo al lado del resto de mi ropa. Como el primer día.

Hacía unos días que no tenía comida decente en la casa, mucho menos leche fresca, así que limpié un plato y le puse un poco de agua de la canilla. Lo bajé despacio para intentar no mojar todo—y fallé totalmente.

A Nico no le jodió el salpicón, sino que miró el plato con agua por exactamente tres segundos, agitó los bigotes y me volvió a mirar.

Gatos.

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