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Color mental

Gorros de lana de varios colores

Olor a fuego invadía el campamento en plena noche, el fogón era lo único que calmaba la ansiedad. El sin color estaba al acecho, había dicho el negro que comandaba la expedición.

El blanco que lo cuidaba se acomodó la capucha sobre los cabellos, mientras miraba la pierna herida. Dolía, pero él no estaba mirándole la tela blanca característica. Tenía los ojos cerrados para oír mejor: silbidos de bichos, soplo de viento veraniego, y los pasos ahogados de los rojos buscando a aquel insano que iba a destruirlo todo.

Por qué haber nacido rojo, se preguntó. Por qué era esta su habilidad y no enviar mensajes, o cultivar, o curar. Se había pasado la mitad de la vida reclinado en una manta frente a un blanco.

De repente se abrió la tela de la carpa a un lado y alguien entró corriendo, frenando decidido en medio de las filas de rojos. Miró desafiante a su alrededor – un azul, mensaje para el comandante. Uno de los blancos más viejos se levantó para hablarle, pero el azul sacó una espada del cinto y la apuntó contra el blanco con una sonrisa fría.

¡Imposible! Un rojo cercano se paró con un quejido e intentó atacarlo con su propia espada, pero el azul hizo una floritura imposible para un azul, sacando chispas y haciendo volar el arma por el aire, que cayó a unos metros con un “zing” apagado. El rojo perdió el equilibrio y se dio de costado, retumbando contra el suelo.

Ya no había nadie dentro de la carpa, rojo o blanco, que tuviera en mente nada excepto lo que estaba haciendo este azul extraño. Solo se sentía el crujir del fuego y las ondas que hacía la entrada de la carpa con el viento. El azul sacó un pergamino de su morral, y lo extendió a la vista de todos.

La carpa entera quedó sin aire. ¡Un mapa! Solo un negro hubiera sabido dónde estaba esta información. Pero un azul—¿cómo? El hombre misterioso dio un paso hacia una mesa, extendió el papel sobre la madera y volvió a su lugar original.

“El poder está en tu cabeza”, dijo y se quitó la capucha. El sin color se acercó al rojo tirado en el suelo, extendiendo la mano hacia él. El rojo estaba en shock, pero luego de un minuto, aceptó el apoyo y consiguió pararse con esfuerzo. Sin color le quitó la capucha y se la colocó a sí mismo. “El poder está en tu cabeza”, una vez más. “Quien sea libre, que me siga”.

Y con esas palabras, el rojo salió corriendo por donde había venido.

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