Mirar el reloj, tenemos exactamente una hora para esto. Cabeza baja, existe solo el papel, la computadora, los fibrones, y el tic-tac del reloj. Las uñas demasiado largas para escribir sobre las teclas con comodidad, sentir la garganta seca.
Escribí un par de frases, las borré inmediatamente. El cursor seguía parpadeando sobre la pantalla. Tal vez si me ponía a releer la estructura de la historia—abrí el archivo, que sabía que tenía algo así como tres mil palabras de anotaciones caóticas. Comencé a leer.
El vibrar súbito de una pierna, el cuerpo recordándose a sí mismo que no se tiene que relajar o se va a morir. Qué pérdida, mirar el reloj, tenemos ahora cuarenta y dos minutos para esto. No leer la estructura, comenzar con algún párrafo. Los pelos del bigote molestan sobre los labios, quizá tendría que cortármelos. Abrir la aplicación de notas, tomar nota, cerrar la aplicación. Quizá inspirarse con alguna imagen, la figura de una mujer en la portada de un disco se viene a la mente, música.
Tomé la lapicera, hice un par de garabatos en la hoja. Tracé un par de letras mayúsculas para calentar la mano, acomodé los dedos alrededor. No se sentía cómoda en la mano, algo que los que escriben libros sobre cómo escribir no describen con suficiente detalle. Cambiar de medio está perfecto, pero tiene que ser un medio con el que uno esté cómodo. De todas formas no fluían palabras, solo letras y abandoné por la L. Dejé la lapicera sin tapar, mirando la tinta apelotonada en la punta de metal.
Sí, sentirse mal, mirar el reloj, tenemos—no quiero saber cuánto tenemos. Rabia me recorre, solo saber que tengo que escribir, y voy a escribir. Qué escribir. Pues nada, a prender la computadora, una palabra, dos palabras, formar una frase, punto. Horrible, otra frase. Horrible, otra frase. Enter. Ahora tengo un párrafo, escrito con uñas un milímetro demasiado largas. Cierro la tapa de la laptop sobre la hoja virtual que ya no está vacía.
