Estaba completamente concentrado en avanzar en la fila, que se liberaba poco a poco de gente. Repetía, dos pilas doble A, un foco color cálido, porque ya me había pasado un par de veces que tenía que volver a mirar el celular, y no me gustaba sacar el celular en los negocios. Alguien más se fue de la fila, di un paso adelante, y sonó la campanita de la puerta.
— ¡Eh, Miguel!
— ¡Hola chicos! ¿Cómo están? —escuché a mis espaldas la voz de un hombre agitado, respirando fuerte—. Veo que sigue todo movido como siempre.
— Sí claro, por suerte. Esperá un ratito, ya te preparo lo tuyo.
— Muchas gracias—, dijo el hombre.
Me giré para ver que se pusiera último, como corresponde. Demasiada gente se hace amiga de los comerciantes para saltarse la fila. Dos pilas doble A, un foco color cálido. Mi intención era mirarlo a los ojos, pero lo primero que noté fue la parva de rizos que se mecía con vida propia, en conjunto, a cada mínimo movimiento de cabeza. Después bajé a los ojos y me encontré con una cara de concentración absoluta y cachetes rojos.
— ¿Cómo es tu nombre?
— ¿Yo? Me llamo Daniel.
— Miguel, mucho gusto —extendió la mano, que le di notando que estaba toda transpirada—. Aunque seguramente hayas escuchado ya, jijiji —una risita que parecía más hipo que risa—. ¿Qué es lo que vas a comprar hoy?
— Dos pilas doble A, un foco color cálido.
— ¡Lo mismo que yo! Bueno, excepto el foco —contestó levantando la mano, donde tenía una grabadora que había visto mejores días.
— ¿Una grabadora de casete? Hace mucho tiempo que no veía una igual —, le dije limpiándome cautelosamente el sudor en el pantalón. No podía dejar de notar la parva de rizos vibrando a cada sílaba, me distraía de lo que estaba diciendo.
— Sí, es que se terminó la pila. Siempre la tengo por acá a mano, en la mochila o en el canasto de la bici. Ahora, una pregunta, ¿por qué vas a comprar tus pilas?
— ¿Cómo?
— Claro, tus pilas. ¿Qué es lo que necesitás hacer andar? Si no te molesta la pregunta, jijiji.
El hombre tenía la cara encendida de color, pero me detuve para evaluar la mueca que formaba con los labios, como si estuviera haciendo cálculos mentales complicados al mismo tiempo que hablaba conmigo. O tal vez fuera una de esas personas difíciles de encontrar, que todavía sabían mostrar respeto como corresponde, escuchando con atención lo que uno dice. Dos pilas doble A, un foco color cálido.
— Tenemos una lámpara en el patio, que es grande y no tiene conexión eléctrica. Entonces funciona a pilas, y también se le quemó el foco así que necesito un foco color cálido.
— ¿Y por qué te pareció que una opción con pilas era la mejor? Por ejemplo, comparando con extender el cable hasta la zona del patio donde está ubicada. ¿Es un foco que cuelga o que está en una estructura similar a un farol? Oh, te toca comprar a vos —asintió revoleando los rizos, y volviendo a la cara de concentración absoluta.
— Hmm, gracias.
Me giré y le pedí al vendedor dos pilas doble A, un foco color cálido. Mientras el tipo se adentraba entre las estanterías, reflexioné con una mano en el bolsillo, tocando el celular. ¿Por qué tenía tanto aprecio por la grabadora? ¿Y por qué lo conocía la gente del local? Miré mis pies, dudando. Si quería seguir hablando con Miguel, tendría que pedirle el número de teléfono, pero no me gustaba sacar el celular dentro de los negocios. O podría volver al local con frecuencia hasta encontrarlo de nuevo, o preguntarle al dueño del negocio por qué lo conocía.
Tomé aire para darme vuelta, pero el vendedor me interrumpió.
— Dos pilas doble A. Focos color cálido tenemos varias potencias, así que acá te muestro. Tenés de 7W, 9W, 14W o más grandes, estos tres de acá son los que más se venden. Decime qué preferís.
— Eh…
Antes de poder siquiera considerar sacar el celular, Miguel respondió por mí.
— ¿Qué tan grande es tu patio?
— ¿Cómo? —me di la vuelta otra vez.
— Qué tamaño tiene, qué tan grande es tu patio.
— Es chico, tiene cinco metros de ancho por seis de fondo.
— ¿Es la única lámpara que tenés en el patio?
— Sí.
— Entonces llevate un foco de 40W o 50W, los que te ofreció él son para habitaciones más chicas.
— Si necesitás tiempo para decidirte, no tengo ningún problema —respondió el vendedor.
— No, está bien, me llevo una de 40W de color cálido, y las pilas doble A —, dije por encima del hombro.
— Muy bien.
Mientras el vendedor se iba de nuevo a buscar entre los largos estantes, noté que Miguel forcejeaba con fervor dentro de su mochila repleta de papeles. Después de unos minutos, emergió una mano con un folleto fotocopiado en blanco y negro.
— Para vos.
— Muchas gracias, pero ¿qué es esto? —le pregunté, soltando el celular del bolsillo y agarrando el papel.
— Es el programa de la parroquia —la cara se le iluminó con la última palabra—. Tenemos un evento dentro de poco donde voy a estar haciendo entrevistas, ya cuando pueda ponerle pilas a la grabadora. Si tenés ganas, podés pasar y contarme si te funcionó la lamparita con el foco de 40W que vas a comprar.
— Eh…
— Lo suyo, muchacho —sonó una voz a mis espaldas, y me tuve que girar de nuevo hacia el mostrador, con el folleto en la mano.
Pagué y agarré la bolsita con las cosas. Le di la mano a Miguel para saludarlo antes de irme; la suya todavía estaba transpirada.
— Un gusto, sinceramente.
— Lo mismo digo, Daniel. Entonces, ¡nos vemos allá! jijiji.
— Claro que sí.
Y le sonreí al salir.
