Ir al contenido
Labios enrojecidos

Labios enrojecidos

·8 mins

Me tambaleé hacia atrás sobre los tacos altos y negros, pestañeando dos veces. El guardia de seguridad ya estaba desapareciendo en algún pasillo del boliche, llevándose a la rastra al tipo, que ahora parecía un borracho desplomado. El aire me raspaba la garganta, me picaban los ojos.

Le hice un gesto con la cabeza y me alejé buscando la barra, tenía gusto a sangre en la boca. Me senté en la banqueta alta con una sensación de ardor en el estómago, como si me hubieran encendido por dentro un televisor viejo de los de tubo, que no tuviera señal. Se sentía extrañamente agradable, junto a la sensación de ver luces estrelladas cruzarse de un lado a otro, con la mirada borrosa—escuché un ruido atrás mío. Una voz femenina que tosía en mi dirección.

— ¿Estás bien? —preguntó la voz a mis espaldas.
— Sí, sí, gracias—, le contesté, haciendo un gesto de descartar algo con la mano.
— Avisame si querés algo.
— Eh, de hecho… dame un Fernet, mucho hielo—, dije sin darme vuelta.
— Ya te traigo.

Me rascaba semi-inconsciente el antebrazo desnudo, donde el tipo me había clavado las uñas. Tenía fuerza, hay que admitirlo, me estampó contra la pared desde el primer momento con un golpe seco. Me reí con una mueca, mordí la carne del cachete del lado de adentro, sentí sabor a sangre de nuevo. Se me iba desempañando la visión de a poco.

Ruido de alcohol barato moviéndose en botellas atrás mío, me giré en la banqueta para ver cómo preparaban el trago. Era una flaca rubia, con un flequillo desteñido, que me miró a los ojos y tiró un par de hielos fuera del vaso. Bajó la vista de inmediato.

— Perdoname, me tembló la mano, estoy haciendo un enchastre. Te prometo que ya termino.
— No pasa nada.
— Bien frío me dijiste, ¿verdad?
— Sí, claro. ¿Estás bien?
— Sí, perdón, es que… en realidad, yo tendría que preguntarte, vi cómo el tipo ese te agarraba—
— No te preocupes por eso—, le sonreí y volvió a servir por afuera del vaso—.
— Ay, bueno. Esto ya está.

Estiré el brazo y le agarré el trago, rozando su piel con mis garras rojas y largas. Me pareció que me estaba haciendo algún gesto, pero cuando corrí los ojos, ella estaba mirando cautelosa a otro lado. Se había olvidado de pedirme el sellito para pagarle, pero no la iba a corregir.

Hice otra media vuelta sobre la banqueta tirando un poco de líquido al piso mugriento, le di un trago glorioso. El frío bajó por el esófago y se expandió con soltura por debajo de la campera de cuero toda pegoteada de sudor. Con cada sorbo se tensaban los músculos del cuello, empujando contra la hebilla metálica de mi choker.

Paseé la vista por la pista principal. La multitud de cuerpos se mecía por puro impulso, fusionados unos con otros, calientes sin emociones más que la música del DJ. Noté los detalles de un arito, un parche bordado en los jeans, un mechón de pelo de otro color, ojeras de marihuana. Buscaba un recíproco. El retumbar se repetía agradablemente en los huesos de la cabeza, un bajo que marcaba el ritmo al saltar de persona a persona con los ojos.

Alguien me devolvió a lo lejos, me hizo unas señales que no entendí, se me hacía difícil leer los labios. Sorbí aire—no había más Fernet—y le indiqué al recíproco que se acerque. Me puse a jugar con un mechón de pelo, haciendo rulos con el dedo extendido. Estaba grasoso. El recíproco iba a demorar un poco en llegar, tenía que despegarse del otro cuerpo caliente que le bailaba delante.

Me retorcí para dejar el vaso en la barra, y la mesa vibró con el golpe de una botella que la chica había soltado demasiado brusco sobre la madera. La luz estroboscópica se reflejaba demasiado en su piel, impregnándola de un tinte blanco enfermizo, en contraste con el resto del rostro. Le mostré una sonrisa cerrada, acalorada, que ella no logró ver.

— ¿Te pasa algo?
— N-no, todo bien.
— Tengo unos Uvasal en la cartera.
— No, creo que estoy—

Como un látigo los brazos se le dispararon para arriba, se cubrió los dos oídos con las manos, cerrando los ojos. Quedó así un momento, para después bajar los brazos despacio, limpiarse las manos en el delantal y agacharse a buscar algo. Cuando volvió a pararse, tenía un trapo que empezó a fregar contra la madera. El flequillo le tapaba la vista.

— ¿Pasa algo?
— ¡No es nada! —ladró en mi dirección general, pero no hablándome directo a mí—. No es nada, está todo bien. Creí que… no importa.
— ¿Me hacés otro Fernet?
— Sí.

Sentía mojado el corpiño, las axilas, la bombacha. Dando media vuelta en la banqueta, me abrí más la campera de un tirón, luciendo el piercing sobre la piel desnuda, aunque el aire que llegó era tibio. Fui consciente de alguien en la pista, el recíproco me miraba fijo. Extendí la mano e hice más rulitos en el pelo con una garra, terminé con un gesto de “vení” con el dedo. Una figura más petisa y flaca lo agitaba de un brazo, pero no iba a durar. Con sabor a sangre de nuevo, me giré de vuelta hacia la barra.

Del otro lado, la flaca estaba poniendo a un lado la botella opaca, buscando algo entre los artefactos metálicos. Las luces intermitentes se movían por su cara pálida como las luces de una ambulancia, apuntándola amenazantes. Tomé aire para hablar.

Empapada. Un chorro de azúcar ácida y burbujeante me cubrió la cara, los pelos y cayó en cascada por todo el escote hasta el ombligo. Enfrente la chica estaba momentáneamente congelada en posición, boca abierta, cejas apretadas, brazo extendido y el vidrio ahora vacío temblando en la mano. Una escultura de algo nocturna, que no me había dirigido la palabra aún.

— ¿Qué hacés?
— …

Unos segundos después, desde atrás de la rubia se materializó un brazo fibroso que la tomó de la mano extendida, bajándosela suavemente de nuevo hasta la barra. El barman dejó el vaso a un lado, escupiendo una disculpa rápida con los ojos. Tomó a la flaca por el otro hombro para correrla a un costado y desaparecieron en un pasillo estrecho. Pasó un minuto, y el tipo volvió para ponerse a hacer el trago de nuevo.

No pude más que sacudir las manos para escurrirme un poco, mirándome en el reflejo distorsionado del espejo de atrás de la barra. Sentí el cuello tensarse contra el choker, alguien llegó y me sacó la campera de los hombros con movimientos torpes. Miré por encima del hombro, el recíproco había llegado. Me giré bien derecha, y le di un beso en el cachete. Sabor mezcla de sudor salado con alcohol.

— ¿Estás bien? —dijo él—.
— Bien mojada, claro. Soy Rubí.
— Encantado.

Dijo su nombre entre risas, pero no importó. El barman había terminado con mi vaso, pero abandoné la barra con el tirón de mano grasienta del otro. Caminamos a los tumbos atravesando la marea de cuerpos, hasta llegar a un hueco más oscuro al lado de uno de los parlantes. El aire se movía pesado a la altura del cuello, al ritmo de la música.

Bailé dibujando figuras con la cadera, flexionando las rodillas, apoyándome en él en una versión vulgar del tango. Giramos uno con el otro, hasta ponerme de pie de nuevo para rodearle el cuello con los brazos. Sentí de inmediato el apretón en las nalgas, sonreí calculando, aspirando el tufo a colonia barata. Pasé las garras por su nuca mirándolo a los ojos, me pegó a su cuerpo con más fuerza manchándose de Fernet volcado. El piercing del ombligo se movía suavemente contra su panza, y me besó.

Le devolví el beso sin cerrar los ojos, tenía gusto a cigarrillo y chicle. Pasé los dedos por los costados de su rostro, luego el cuello y le abrí un poco la camisa de un tirón. Una mano tosca subió por mi espalda para terminar sobre un pecho, me dejé manosear sin prestar atención. Estaba concentrada tanteando su piel, la barba de algunos días que se extendía por el cuello, una zona irritada con pequeños cortes de hoja sin afilar. El recíproco reusaba las maquinitas, que me pareció gracioso.

Lo tomé con fuerza del cuello con ambas manos y despegué la lengua, corriendo la boca para marcar un camino de besos a un costado. Primero por su mandíbula, luego en dirección a la barba y la clavícula, sin ninguna resistencia. Él apenas consciente, cedió ante la presión de mis manos exponiendo la piel pulsante a la poca luz del rincón oscuro. La tira del choker también me latía fuerte, le apoyé apenas los labios, quemándolo. Él no lo podía saber, pero le dediqué una sonrisa llena de dientes.