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EDM (estúpido danza mejor)

EDM (estúpido danza mejor)

·14 mins

Me toca el antebrazo el Nacho. «Ey, ‘cuchá». Levanto la vista del afiche que estábamos armando “en grupo”, y me relajo. La profe está enfrascada mirando unas hojas en el escritorio.

— ¿Qué pasa?
— ¿Estás para ir a Valencia el finde con nosotros? Mi novia dice que las amigas quieren ir y que traiga gente.
— ¿Valencia, el boliche?
— Sí, claro, vos habías estado en Franck antes, ¿no?
— No, o sea sí, fui a la ciudad, pero con mis viejos nomás. Y pero, ¿cómo vamos?
— Bueno, en cole obviamente. Nos bajamos cerca de la casa de una de las chicas, que vive ahí a unas cuadras. Calculo que querrán comer en el barcito del centro.
— Ah, okey.
— ¿Venís entonces? No es obligación.
— No, no, claro, me interesa, obvio. Se me hacía raro porque nunca salimos así con vos, pero gracias, al toque. Yo pregunto en casa y cualquier cosa te aviso.
— Bueno avisame, nos juntamos en Franck. Después vemos los detalles, y andá bien vestido, hay muchas minitas. Arreglate esa barba.
— Hecho.

Nacho se giró para el otro banco y se pusieron a hablar con la chica que también estaba “armando el afiche”. ¿Nacho invitándome? ¿Nacho? El que había repetido dos veces, que tenía la mitad de las del curso atrás de él, que ya trabajaba en una carpintería, que llegaba y se iba en moto a la escuela. El rebelde del curso.

Ahora importaba poco. Salir con Nacho, ver minitas. Mamá me iba a dejar ir, tenía que pedirle algo de plata nada más. Agarré los marcadores y seguí con el afiche. Nacho viejo nomás.


Dos días más tarde, me moría de frío en la puerta principal de una mansión impresionante, mientras escuchaba a la distancia el motor del colectivo acelerando desde las siguientes paradas. El Nacho y la novia estaban de la manito, yo mirando el rocío que cubría el pasto del frente.

Se abrió la puerta y nos atendió una melena rubia que me dejó ciego, con reflejos de la luz de la sala. Enmarcada en tremenda cabellera estaba una sonrisa de piel blanca y ojos grises, que saludó a Nacho, abrazó a la novia, y a mí me miró un segundo haciendo una pausa. Después me dio un beso de compromiso y me sentí muy consciente de que mis manos estaban en posición rara colgando a los lados del cuerpo.

— Soy Juli —dijo Melena y me olvidé su nombre inmediatamente.
— Fabi —respondí aspirando las sílabas.
— Permisoo —dijo Nacho estirando la palabra y dando un paso al frente, pero Melena lo frenó.
— Quédense acá en la vereda, a menos que alguno quiera ir al baño rapidito. Ya salimos todas.
— Ah bueno, yo paso nomás.

Nacho se coló entre la rubia y el marco de la puerta, de donde casi de inmediato comenzó a burbujear bellezas despampanantes. Una morocha, una rubia, otra morocha, y en particular una flaca de enormes ojos color miel, que al pasar al lado mío me pareció oír siseando como víbora. Pero quizá lo imaginaba.

Pasaron uno o dos minutos y tuve tiempo de seguir reflexionando qué diablos hacer con las manos que me colgaban. El grupo de chicas hizo una ronda un poco más allá, mientras Melena miraba el reloj. Después salió nuevamente Nacho y cerró la puerta con un apretón firme del picaporte. «¿Salimos?»


En el bar me sentía fuera de lugar, como si me hubiera despertado de un sueño criogénico de diez años y todavía tuviera puesta la misma ropa. Al menos Nacho estaba al lado mío, así que podía reírme de sus chistes sin hablar con nadie más. Melena se había sentado cerca, pero cuando me giraba hacia ella mis palabras perdían el volumen. A qué te dedicás, cómo se conocen, qué linda sos.

Cuando llegó la comida el tiempo pasó un poco más rápido. Nos sirvieron un sánguche de milanesa que daba miedo, iba a ser complejo moverse después de tantas calorías. La víbora parecía que se estaba cuidando, pero Melena sí comió casi tanto como yo. Metí algún comentario y rompí mi silencio, pero no llegué mucho más que a eso, me escuchaba masticar. Nacho y yo quedamos al límite cuando pedimos la cuenta.

Después de pagar, las otras chicas desaparecieron, y quedamos Nacho hablando con la novia, Melena y la víbora, y yo. Un conocido de Melena nos iba a pasar a buscar, así que tomé aire y me senté en el cordón de la calle. Me reía de las huevadas que decía Nacho, pero no se me ocurría qué decirle a la rubia, así me dediqué a joder con unas piedritas y tomar coca. Mientras tanto la víbora estaba parada más lejos, compenetrada en el celular.

De un momento a otro me pareció escuchar el eco de una bordeadora a la distancia, pero con un retumbar grave. Era raro a las dos de la mañana, hasta que entendí que tenía que ser algún estúpido en auto con escape libre. Me imaginé a un flaco amarillento fantasmeando con lentes de sol en un Bora llevado al piso, y me empecé a reír solo sin querer. La rubia me miró con curiosidad y empecé a balbucear para explicarle, cuando el ruido se quintuplicó; efectivamente un Bora giraba la esquina. Me reí como descosido hasta que el auto frenó adelante nuestro, y se me congeló la cara. El flaco nos observó desde los lentes de sol, escupió humo y arrojó un «¿Salimo’?»

Una chance. Nacho con la novia se fueron adelante, él haciéndole upa a ella. Atrás subió la víbora siseando, después Melena y yo, pegados tan cerca que me quedó el antebrazo aplastado contra la manija. Me latía el corazón en las orejas, me sentía algo mareado. Había imaginado este momento toda la semana, ¡minitas! Tuve un pantallazo de toda la charla que íbamos a tener, cómo ella iba a reaccionar, que íbamos a terminar compartiendo un momento íntimo y rozarnos las manos, y—bueno, sonó la bordeadora con un rugido infernal.

El tipo iba tan rápido que la cola del auto se movía en cada curva, es decir que o bien me astillaba los huesos contra la puerta, o bien me asfixiaba con el pelo de mi compañera de tortura. Ser un tipo decente me estaba acalambrando las piernas, de tanto hacer fuerza para no tocar los muslos de Melena. En mi cabeza sonaba a todo volumen una orquesta de opciones, pero me costaba encontrar la frase perfecta. Pasamos el peaje, se me estaba terminando el tiempo, y ella no me prestaba mucha atención con el batifondo. De tanta violencia le llegué a sentir el perfume varias veces, pero eso fue todo.

De golpe bajó el ruido, fuimos frenando y el flaco de lentes dobló en la entradita de piedras del boliche. Con paciencia logré mover las extremidades petrificadas para salir, aunque el cosquilleo subió por la pierna hasta la cintura cuando me paré. «Te ayudo», le dije a Melena y noté lo suave que tenía la piel de la mano, pero la solté rápido cuando vi a la víbora ametrallándome con los ojos. Giré para sonreír a la nada misma, porque Melena ya me había dejado de mirar. Otra vez sentía las manos raras, hacía muchísimo frío.

Nacho me tocó el hombro.

— Vamos a hacer fila, amigo.
— De una.

Melena se iba con la víbora a la entrada para mujeres, sin mirar atrás.


Varias horas más tarde, no estaba progresando mucho. Tenía los oídos embotados con tanto cachengue sin parar, me picaban los ojos por el humo, y la garganta de tanto gritar para hacerme oír por sobre el DJ. Habíamos formado la rondita de la muerte, Melena a un lado, Nacho con la novia al otro, las demás bellezas enfrente mío, que habían ido por su cuenta. Imposible hablar con nadie, mucho peor intentar bailar en pareja. El que lo intentara quedaría como un florero en el medio.

Era consciente de cada movimiento del cuerpo, y de cada chiste que solo escuchaba yo mismo. Me reía forzadamente haciéndole mímica a la letra de la canción, pero Melena no me miraba aún. La víbora sí me prestaba atención, así que intenté evadirla sin éxito. Nacho se había olvidado que él era mi único amigo ahí adentro, se había puesto a joder con la novia y de vez en cuando le daba un beso. Unas horas más y se iba a terminar todo sin haber hablado una sola palabra.

Mala idea, mala idea, mala idea, pero la única que me quedaba. Le avisé a Nacho que me tiró un “sí” cortito con la cabeza, y emprendí camino al baño.

Si nadie me veía en la ronda, me iban a ver cuando volviera, y capaz ahí le podía entrar a la rubia para hablar. Podía funcionar, de paso en el baño podía tomar un respiro del ataque a los oídos. Tuve paciencia en el movimiento Browniano de la marea de sudor, eventualmente aterrizando en el baño de hombres.

Un patovica de campera de cuero y lentes me miró fijo, sentí un sabor ácido en la boca. Una capa de varios centímetros de agua sucia cubría el piso, las paredes estaban manchadas de nicotina, el aire más rancio aún que la pista por todos los vapores concentrados. Al menos no había música. Hice fila hasta llegar a un urinal, pero no pude sacar nada de pis. Imité el gesto de terminar y acomodarme, me enjuagué las manos, y me peiné un poco. Hora de volver.

De regreso a la multitud, al pie de una columna vi un vaso grande lleno hasta la mitad de una cosa negra, y supe qué tenía que hacer. Varios tragos más tarde, seguía camino con un par de neuronas menos y algo de alcohol en sangre.

Me imaginé la ronda sonriéndome y Melena haciendo algún comentario cuando volviera, iba a ser genial. Otra vez me latía algo en los oídos que me dejó mareado, la música me disolvía, me sentí mover un poco las caderas. Subí un par de escalones meneando pero al levantar la mirada, los vi. Nacho con la novia, las otras amigas desaparecidas, quedaban solo Melena con la víbora. Cara de orto total. Sentí otra vez incómodos los brazos colgando al lado de mi cuerpo, alguien me empujó y me manchó la camisa. Abandoné la escalera y me fui derecho a la barra.


Sentado en la madera dura con el vaso plástico en la mano, empecé a ser consciente del calor y la sed que había sentido toda la noche. Me solté un par de botones, sentí la camisa empapada de mugre y sudor, las piernas del jean todas mojadas. Me terminé el vaso y pedí otro, trazando el rastro circular de agua sobre la barra. A ver si lograba formar el de los juegos Olímpicos. Miré a mi alrededor, noté que me dolían también las costillas de tanto estar parado. La música no estaba tan mal ahora, murmuré la canción inventando la letra y llegó el siguiente vaso.

Sentí un empujón en la espalda que no me importó, me bajó la frescura por el estómago, algo subió por el cuello hasta el cerebro y empezó a vibrar ahí, soltándome los párpados que se sintieron pesados. Esto no estaba tan mal, como en un bar, noté el cuerpo más flojo y moviéndose casi por sus propios medios. Me envolvía el humo pero no era desagradable, terminé el vaso y sentí el líquido almacenado en la panza. Trabajo cumplido. Con pereza me deslizé de la banqueta y caminé unos pasos indecisos.

Me lloraban los ojos, así que los mantuve medio cerrados. Chusmeé a una parejita que discutía y me enganché con una canción sobre una ex, cantando a todo pulmón como si tuviera una. Iba lento, moviéndome solo, pisando fuerte el suelo de cemento del lugar. Había olor a sudor que yo también emanaba, que me acompañó en dirección a la rondita de la muerte.

Seguía todo igual, Nacho y la novia ahí, la víbora mirándome fijo y esta vez le tiré un guiño del ojo. Ella frunció las cejas y le dijo algo a Melena. Que hablen, les di la espalda y me convertí en florero por mi propia cuenta. La música estaba buena, me recordaba a cuando te ponés a correr y sabés que ya pasaste el punto de agotamiento; si te frenás no vas a poder arrancar más. Así que castigué las piernas y los hombros, con los ojos cerrados. En un momento alguien me abrazó y era Nacho y Melena, cantando algo sobre amigos y coso. Apenas podía abrir los ojos, pero a través de las pestañas las luces de colores se convertían en un show de láseres que se cruzaban. Sentí otra vez el perfume de la rubia, esta vez a propósito y me reí solo. Ella me quedó mirando y yo le sonreí un toque, giré la cabeza y cerré los ojos de nuevo. Manos en el aire, humo en los pulmones, nada en la mente. Estaba bien.


Terminada la joda, amanecía en la fila para buscar los abrigos. Me dolía mucho la cintura y los hombros (la billetera también) pero habíamos terminado. Sentí olor a papas fritas que ya estaba saboreando mentalmente, y me sonreí con placer alcoholizado. Melena me miraba pero no se la devolví, que haga lo que quiera. El sol con olor a frito me ponía de buen humor.

Salí de boletería con la mirada fija en el carrito de papas, tanto que me tropecé con mis propios pies y casi me mato. Una mano femenina me sostuvo del brazo.

— ¿Estás bien?
— Sí claro, no pasa nad—¡Melena! Gracias.
— No se me caiga —dijo Melena y me miró levantando una ceja delineada—. ¿Cómo dijiste?
— Es obvio, ¿no? Melena, se me escapó porque todavía debo estar digiriendo los mechones que me comí, en el auto del enfermo ese cuando doblaba.
— Bueno sí, tenés razón. La verdad es que pega conmigo —y me pestañeó revoleando la cabellera, como en una publicidad de Pantene⁠—.
— De hecho, no me mates pero ¿me recordás tu nombre? La verdad que me shockeaste cuando te vi, así que no lo registré.
— Ay, ¿arrancamos el chamuyo? Soy Juli.
— No es mentira, ¡es cierto! Y yo soy—
— Fabio, ya sé. Encantada.
— Bueno Juli, un gusto. ¿Vamos a buscar papas? Me cago de hambre.
— Primero las damas —, dijo ella y me hizo el gesto para dejarme pasar—. No, de hecho pará.

Se apoyó en mi hombro y redujo unos diez centímetros de altura, quedando más o menos pareja conmigo. Me quedó mirando con los tacos en la mano.

— Estás loca, ¿no? Te vas a clavar todas las piedritas.
— Ya te quiero ver bailando en estas cosas por toda la noche.
— No es mi culpa que te quieras ver como diosa, Melena, ahora a aguantarse.
— Juli.
— Perdón, perdón. Ahora sí, ¿vamos? No es joda que tengo hambre.
— Dale, vamos.

Estuvimos un rato charlando en la fila, porque a todo el mundo se le había ocurrido la misma idea. Finalmente el tipo nos dio los conos y fuimos mascando felices hasta el borde de la ruta, donde estaban pasando los taxis y se veían algunos colectivos estacionados.

— ¿Tenés idea cuándo pasa el nuestro?
— No, ni idea la verdad. Pero no hay drama, ¿o vos tenés algo urgente que hacer?
— ¿Urgente?
— Te estoy jodiendo —, dijo y me empujó con el codo—. O sea, a menos que tengas frío.
— Siendo honesto un toque sí, aunque tendría que en realidad hacerme el hombre y darte la campera o whatever.
— Ay, sorry, whatever, excuse me yo hablo inglés —.
— Más vale, loquita. Acá se habla inglés.
— ¿Vas a algún instituto?
— Mi vieja da clase, voy de chiquito. Ahora ya estoy como para el internacional, el año pasado de hecho ya tenía el nivel, pero estoy en otra ahora.
— Estoy en otra, el superado.
— Dale, Juli —me reí—. Bueno es que sí, me gusta la química, la música…
— ¿La química?
— ¿Qué tiene?
— Tuve un genio al lado todo este tiempo y no lo supe. Te gustan las cosas difíciles.
— Como vos, ah.
— Ay callate, estúpido —y me agarró del brazo—.
— ¿Sabés que estoy pensando ahora? ¿Por qué no nos hablamos durante toda la noche, y ahora de repente está todo bien? ¿Qué cambió?
— ¿Es en serio?
— Sí.
— Porque estuve esperando toda la noche que alguien hiciera el primer movimiento.
— ¡Pero si tenías tremenda cara de orto! Y la víbora de tu amiga mirando por atrás todo lo que hacía.

Juli casi se cae de la risa. Tuve que agarrarle el cono de papas, o iban a terminar tiradas en las piedritas.

— Tengo resting bitch face, perdón. Nací con cara de culo. Pero ya ves que soy normal cuando me dirigís la palabra, y bueno Meli es Meli, qué se le va a hacer. La pareja de ella la trata bastante mal, así que me quiere cuidar que no me pase lo mismo, supongo.
— ¿Pareja? ¿Hay química entre los dos?
— Nerd. Dale vamos, ahí está el nuestro.

La vuelta fue rapidísima. Bajé del colectivo, caminé como zombie hasta mi casa, y me fui a acostar. La noche terminó con un nuevo contacto en Facebook, y algunos pelos rubios enredados en la camisa.