Silencio, excepto el vibrar en el aire de su respiración. Abrió los ojos lentamente, cubriéndose del brillo con la mano. Era todo blanco, tan lejos como los ojos llegaran. No había nada, ni nadie, y al acostumbrar la vista, notó que sus dedos, su brazo, su ropa también eran blancos. Había una humedad agradable, como una niebla matutina, que se aclaró rápidamente cuando se puso de pie. A lo lejos parecía haber una luz de color, algo azul flotando sin soportes.
Caminó con calma en esa dirección, mirando a los lados, pero no había paredes, techo, nada excepto el vacío blanco y la luz que ahora tenía justo enfrente. Estiró un dedo incoloro para presionar el botón, dudó un momento, y apretó. No pasó nada en principio, luego la superficie se calentó rápidamente hasta llegar a quemarlo. Dio un grito y sacó el dedo; una serie de líneas azules, que se habían extendido desde el botón hacia afuera como telarañas, se colapsaron de nuevo dentro del botón, dejando un rastro apenas visible.
El chico levantó una ceja, se miró el dedo y decidió hacer otra prueba. Presionó y dejó apoyado un tiempo más, suficiente para hacer dos ojos y una sonrisa como emoji alrededor del botón. Esta vez sí que se estaba irritando la piel, la quemazón era dura de tolerar, pero las líneas azules se extendieron mucho más allá, delineando la silueta de un vehículo. Un auto orientado en la dirección que él estaba parado, y el botón era simplemente el que abría el baúl. Sacó el dedo y se lo puso en la boca intuitivamente, mientras caminaba alrededor. Se sentía como dentro de un cómic, porque el auto era macizo, pero solo dibujado como con alambres, la silueta más básica. Intentó con la puerta, se calentó la palma de la mano, pero estaba bloqueada. La explosión de color delineó el vidrio y el interior, que parecía el de un auto normal.
Se sentó en el suelo, que estaba frío, al lado del boceto de “alambre”. Se sorprendió de ver que sus dedos, manos y brazos ya estaban también delineados, así como la pulsera roja de hilo que su hermanita le había regalado. Lo estaban esperando, seguramente, y ya la extrañaba. Tenía que salir lo antes posible de este lugar, incluso aunque no supiera cómo carajos había terminado entrando acá, a esta dimensión vacía. Reflexionó lo preocupada que estaría, toqueteando la pulserita sobre la muñeca. Notó que la niebla había vuelto cargada de un olor agradable, como a almendras, pero no había más tiempo. Había que salir.
Para irse, primero tenía que ver la salida, aunque solo fuera también como boceto. Se preparó para hacer mucha más fuerza que antes, con las dos piernas firmemente plantadas atrás del auto, las manos extendidas, los brazos tensos; y empujó. La estructura cedió un poco y el vehículo comenzó a moverse, al tiempo que miles de líneas gruesas se disparaban en todas las direcciones iluminando la sala y revelando una tira de asfalto, la ropa de él, algún boceto de nube en el cielo, después siguieron colores y el auto se definió mucho más. Ya podía ver los asientos traseros detrás de la luneta, la patente, las luces. Mientras tanto, allí donde tenía las manos la superficie estaba al rojo vivo, se sentía un aroma horrible a algo agrio que se carbonizaba. Tenía las palmas negras, las venas de los brazos púrpura, y el baúl del auto se estaba grabando en los huesos de las palmas en todo detalle, como una marca para el matadero. El calor le subió por los hombros, el cuello, lo asqueó y tuvo que soltar de golpe cuando ya no resistió más, el auto dejando de rodar casi de inmediato. Los brazos cayeron a sus costados, volviendo evidentes las dos manchas de sangre ennegrecida que rodeaban al botón azul.
Ahora se veía bien el camino y gran parte de la sala. El asfalto continuaba por quizá unos cien metros en una leve pendiente hacia arriba, y a la izquierda se podía ver una puerta todavía color blanco estéril, sostenida por sí misma, al costado de la ruta. Excepto por esta puerta, buena parte había adquirido ya el color de la vida real, como el propio vehículo, que no se diferenciaba de como lo habría esperado en su vida diaria, antes de despertar en este lugar. Corrió hasta la puerta blanca e intentó abrirla, pero no solo estaba trabada, sino que estaba fría y no se calentó ni causó dolor cuando le apoyó la mano. Solo dejó un rastro de sangre en el picaporte—era obvio que la única forma era empujar.
Se dejó caer apoyando la espalda en la puerta, respirando rasgado por el esfuerzo. Las suelas de las zapatillas se le habían derretido por el calor, las medias agujereadas no habían ayudado, así que se quedó en patas. Ajustó una vez más la pulsera roja de su hermanita, maldiciendo que no hubiera más opción que esa para salir. Se quedó mirando el rastro de pisadas escarlata sobre el asfalto, que se convertía en camino de piedras ahora más cerca de la puerta. No había más opción.
Corrió de regreso tras del auto, se enjugó la humedad que le había causado la niebla y preparó los pies descalzos para el empuje. Cargó los músculos de la espalda, que se quejaron, y arremetió de vuelta hacia adelante.
Esta vez fue más difícil con la pendiente hacia arriba, y las piedras cortándole la piel de los pies a cada paso. El auto estaba a tal temperatura que levantó las palmas y apoyó directamente el hueso de la muñeca, para tratar de sentir menos dolor. Rodó más y más, sintiendo tenazas de fuego apretándole todo el sistema respiratorio y un calambre que avanzaba por las piernas hasta la rodilla y más arriba. El camino adelante era más corto, faltaba muy poco para llegar al final, cuando sintió el hombro derecho moverse hacia atrás de golpe, seguido por un rayo paralizador que le convulsionó el cuerpo y obligó a doblar la rodilla de agonía.
Quiso correrse para descansar, pero las piernas no le respondieron, y el auto multiplicó su peso; era una pendiente, se le iba a caer encima si lo soltaba. Se giró para sostenerlo con la espalda, perdiendo igualmente un par de metros, y clavó los pies lastimados aún más en las piedras para frenar como podía. Se examinó las manos y casi vomitó al hacerlo, así que refugió la vista en el camino recorrido, y después a la puerta. Era todavía blanca, todavía prístina y estéril en medio de la vereda, donde cualquier otro más mínimo detalle había sido ya revelado. La espalda ahora soportando al auto también se sentía como agujas hirvientes, penetrando todo su núcleo hasta la médula, comprimida contra el auto que parecía más abrumador a cada instante.
Dejó caer los ojos desesperado, y se dio cuenta que el hombro no era lo único que se había roto. La pulsera roja estaba floja colgando de la otra mano, apenas sostenida por tres hilos sueltos. En algún momento el esfuerzo la habría roto, así que deslizó dos dedos por debajo, hizo palanca para terminar de romperla, y la apretó fuerte con el puño. Le dolían los dientes, la mandíbula de tanto resistir, la rodilla amenazaba con destrabarse en cualquier momento, sabía que el auto lo iba a aplastar sin remedio. Una imagen de la carita de su hermana apareció en su mente por última vez.
Finalmente sus músculos terminaron de agotar energías, espiró y se dejó caer hacia delante. El vehículo lo golpeó, las ruedas avanzaron y después de dos crujidos rápidos, el suelo estalló en color ocre que se extendió por la sala como telaraña. El auto se deslizó por la pendiente, perdiendo velocidad a medida que avanzaba, deteniéndose en precisamente el mismo lugar de donde había partido. La sala fue perdiendo color como si de lluvia se tratara, detalles y reflejos que goteaban hacia abajo, fluían hacia el auto y terminaban absorbidos por el botón; luego también las líneas básicas que delineaban todas las formas fueron adelgazando y retirándose, hasta que solo quedó el rastro de sangre de él. Lo último en perder color fue la mancha en el picaporte de la última puerta, al final del camino.
Cuando ya no quedaba más rastro de nada en el blanco estéril, se oyó el clic de un mecanismo en marcha, después el leve chirrido de una cadena que se movía, y otro click que señalizaba el final. En el silencio de la sala límpida y vacía, se oyó nuevamente el ir y venir de una respiración calmada, y el botón se iluminó de color azul para dar comienzo.
