Tomé aire, saqué la cabeza del agua, di una vuelta y me impulsé contra la pared. Veinticinco. Solté el aire, patada hasta la superficie, seguir nadando. Bajo el agua se sentía, aunque apagado, el griterío de la colonia de vacaciones. A medida que avanzaba por la pileta, otros cruzaban en dirección contraria por el andarivel, a toda velocidad. Tomé aire, vuelta, empujo. Veintiséis. Algo raro brillaba bajo el agua, ¿alguien perdió las antiparras? Me quedé mirando un segundo—
¡Blam! Algo blando se estrelló contra mi puño, me dejó doliendo la muñeca. Paré un segundo para disculparme, pero vi que al que le había dado en las costillas a máxima velocidad era justo al gordo Kevin. Me iba a matar. Me iba a matar. Aceleré y me escapé, tenía que seguir, salir, como sea. Tenía que seguir y terminar antes, el gordo se iba a tomar más tiempo, el entrenador no lo iba a dejar salir sin terminar las piletas. Tomé aire y traté de aumentar el ritmo lo más que podía. Tenía que irme. Lo antes posible. Respiro, vuelta, empujo, ¿veinticinco? No sé, hay que nadar más rápido, más rápido. ¿Qué mierda era ese brillo?
Bueno, finalmente cuarenta, había terminado. Tenía los músculos entumecidos del esfuerzo así que salí por la escalera, pero eso no era lo importante. Le había ganado al gordo. Me fui más tranquilo al vestuario, saludo previo al entrenador, silbando nerviosamente. Le quedarían con suerte unas cuantas piletas, alcanzaba para una ducha rápida.
Dejé todo colgado al lado de la mochila, tiré las ojotas, me sacudí un poco el cloro de la pileta en el chorro de agua fría. Me sequé así nomás, y cuando abrí la puerta para agarrar la ropa, un tsunami de agua hirviendo me hizo saltar del susto y dolor, ¡piel en llamas! El gordo riéndose en mi cara, me escurrí por un costado, pesqué la mochila y disparé para la puerta, los pasos de elefante persiguiéndome por la espalda.
Corrí hasta la bici en patas, tenía que llegar a casa como fuera. Me embarré sacando la bici con pies mojados, castigué las piernas para acelerar lo más posible en el asfalto candente. Miré de reojo, el gordo no estaba cerca pero no importaba, seguí pedaleando, me metí en contramano para cortar camino, me hervían los tímpanos y la garganta me dolía de respirar con la boca abierta, me sentía seco y asqueroso. Me di vuelta de nuevo, no había gordo a la vista. Seguí una, dos, tres cuadras, la vuelta a la esquina y ya veía el portón de casa cada vez más cerca.
Finalmente abrí el portón y fui atacado por una marea blanca saltarina, que me lamía el agua de las piernas. «Hola cosita linda, hola mi bebé, ¿cómo estás, me extrañaste?» El perrito se me quedó olfateando un ratito, como hacía a veces cuando había acariciado algún otro perro de la zona. Después desistió y me agaché para hacerle mimos un rato, que se me fuera el temblor. Ya más calmado, entré a la cocina.
— ¡Hola, amor!
— Hola, ma.
— ¿Todo lindo en la pile hoy? No nadaste nada, ni se te ve cansado —jodió.
— Sí claro, estoy suave y fresco como un pêssego1. No, o sea hice como cuarenta creo, nadé a fondo las últimas. El sol está fuertísimo aparte.
— Es verdad, y está pronosticado que siga así todo el verano. Ponete protector antes de salir, no te me vayas a insolar.
— Sí, sí, ¿y las hamburguesas?
— Está todo en la heladera, mi vida.
— ¡Hola maestro! Pero qué calor, eh.
— ¡Hola pa! Sí, me estoy muriendo.
— Pasame el agua, ya que estás. No, tomá vos tranquilo, no hay problema.
— Estoy sacando las hamburguesas en realidad, tomá.
— ¿Te llevás todo?
— ¿Dónde está todo?
— Ahí en la heladera, panes, mayonesa, tomate, plato, cubiertos, la botella de coca—
— No lo vas a hacer acarrear el botellón de dos litros hasta el club en la bici.
— Pero y si no, ¿qué van a tomar?
— Compramos en el kiosco de enfrente del club, pa.
— Bueno, yo digo por si está cerrado.
— Es temporada de colonia, pa, está siempre abierto hasta tarde.
— Bueno, como digas. Ponete protector eh, ¿querés unas cartas? ¿Necesitás llevar carbón?
— Dejalo en paz, viejo, que ellos ya se organizaron.
— Sí pa, ya tenemos todo comprado, me falta llevar lo mío nomás. Bueno, creo que ya tengo todo, me voy yendo.
— ¡Llevate el protector!
— Ah sí, gracias.
— Ponete ahora, hijo.
— Sí, bueno, ma.
— Bueno divertite, pasala lindo, tené cuidado con meterte al agua muy temprano, ¡y mandale saludos a los chicos!
— Gracias ma, ¡los quiero!
— Yo también, ¡suerte!
— Adiós maestro, ¡nos vemos!
— ¡Chau pa!
Misión cumplida, nadie se había enterado. Me despedí como pude del Sancho que no me dejaba de oler las piernas, cerré el portón y me encaminé de regreso al club. Ahora que me encandilaba el sol fuerte rebotando en los parabrisas de los autos estacionados, me vino a la mente ese brillo que había visto ya dos veces hoy en el agua. Bueno, capaz me lo estaba imaginando.
Un rato más tarde, llegué al club y se escuchaba desde la calle la música espantosa que les gustaba a los chicos. Estaban todos en cuero, sentados jugando al truco en la mesa del quincho, comiendo papitas. Era una tira de cemento entre la pileta grande y la calle, con una reja para separarlo de la pileta, y techo de paja como un quincho. Tenía mesas de granito con bancos, asadores, y una pileta más chica para nenes chiquitos en el final, que le daba el sol.
— Truco.
— Quiero retruco. ¡Hola viejo!
— Hola muchachos, ¿todo bien? ¿Ya falta poco para poner las hamburguesas?
Una voz atrás mío me puso la piel de gallina.
— Sí, en diez o quince minutos están—explicó totalmente en calma el gordo Kevin, desde el asador—.
— Ah… gracias.
— Bueno sentate viejo, total en dos rondas ganamos nosotros y arrancamos otra partida más.
— Qué va a ganar, ya vas a ver.
Me senté, pero no pude sacarme de la mente al gordo, ¿qué hacía ahí con nosotros? Volvió y se puso enfrente mío, en el otro banco de la mesa, como si no hubiera pasado nada. Él sí tenía remera, a diferencia de los otros. Ninguno sabía nada de lo de la mañana, por supuesto, seguían jugando alegremente. Para no mirarlo, desvié los ojos a un costado, en la esquina descansaban una caja de cigarrillos y un encendedor. Claro, el tipo estaba cocinando para todos, lo habían invitado para no tener que hacerlo ellos. Maldita sea.
La charla siguió un rato, el juego de truco dominaba la conversación, y de tanto en tanto el gordo jugueteaba con el encendedor, estrujándolo como para sacarle el gas a la fuerza. Me estaba poniendo nervioso.
— Che se terminó la coca, ¿dónde están las otras, compraron?
— Sí che, en la conservadora atrás tuyo, y tenés hielo también.
— ¿Alguien quiere?
— Yo.
El gordo otra vez. Bueno, qué se le iba a hacer, le acepté el vaso y me agaché a llenar con hielo primero. Después coquita fresca hasta el borde, y hacer con cuidado para no tumbar. Qué tarado, podría haber servido directo en la mesa. Ahora tenía que hacer malabares para llevarlos.
Sentía las vibraciones de cada vaso con el más mínimo movimiento de mis músculos. Empecé con el mío, bajando el brazo con extrema lentitud hasta la mesa, manteniendo el otro en el aire. Fui consciente de cada beat de la música de mierda que habían elegido poner, de cada latido del corazón. Y después de una eternidad, la base tocó el mantel.
Me tembló un milisegundo la mano del otro vaso, el del gordo Kevin, pero tenía que tener el doble de paciencia para no tumbarlo—no podía. Sentía sus ojos perforándome el cráneo casi con malicia, pero me rehusé a mirarlo y seguí acercando el vaso hacia su mano extendida. De un momento a otro vi el brillo en el vaso, el mismo de la pileta, que me desconcentró justo cuando estaba por darle la bebida al gordo. Antes que llegara a cerrar los dedos sobre el vidrio, lo solté.
Alguien se tapó la boca con las dos manos, otro se paró y aspiró todo el aire del quincho de la sorpresa. Se frenó el ambiente por un instante, hasta la música parecía en silencio. Después el gordo se miró la remera, me miró a mí, se puso rojo y gritó mi nombre.
Salí a correr mientras los otros se me reían por atrás. El gordo me iba a matar si me agarraba, yo sabía. Fui derecho a la pileta, al sol, el cemento estaba tostándome los dedos, corrí para la sombra. El gordo me siguió y puse algo de distancia, quedamos enfrentados con la pileta en medio. Él amagó para un lado, yo para el otro. Amagó para el otro, yo para el primero. Me corrió media vuelta de la pileta, yo corrí la otra mitad, quedamos enfrentados de nuevo. Entonces el gordo se metió a la pileta directamente, así que me apuré a pasarlo mientras fuera más lento que yo. El tipo se tiró como un arquero y me agarró de la malla, frenándome y tirándome dentro de la pileta con él. Mierda.
Me caí arriba de él, que me revoleó para un costado y se paró. Me paré también, me agarró de la remera y vi una vez más el brillo raro de la mañana. Me patiné en el piso resbaloso de la pileta, algo se movió en el agua y el gordo también se resbaló, me volví a caer encima aterrizando con el codo en el pecho. El gordo dio un gemido de dolor soltándome, y me acomodé la malla para salir del agua de inmediato. Noté el dolor en la rodilla por el golpe, y me fui a refugiar con los otros, el gordo seguro no intentaba nada con ellos literalmente al lado mío, tenía que confiar en eso.
Uno de los pibes me palmeó la espalda, estaban tirando algún chiste sobre el gordo, pero yo solo podía pensar en sobrevivir. Necesitaba que las hamburguesas estuvieran listas ya mismo. Tenía sed, pero no me iba a arriesgar a agarrar el vaso y volcarlo, las manos me temblaban. Qué día.
— Che, ¿ya están las hamburguesas?
— Uh, ¡es verdad! ¿Vamos sacando?
— Sí, ahí voy.
— Quedate sentado tranquilo, ya cocinaste todo. Yo me encargo —le dijo el que preguntaba al gordo, que seguía jugueteando con el encendedor. Esa cosa iba a estallar en cualquier momento.
— Bueno dale, tranquilo.
Me paré para acercarle los platos hasta el parrillero, para servir la primera tanda. Fue la primera vez que noté que los ladrillos estaban como carbonizados, como si alguien hubiera tirado algún explosivo para arrancar el fuego, con una llama potente que manchó todo de negro. Me dio un escalofrío así que volví con las hamburguesas—los demás ya habían hecho lugar en la mesa, y estaban sacando condimentos, tomate, pancitos. Se materializaron también unos cuantos cuchillos. Nadie más tenía pan normal, todos habían traído el de semillitas..
— Ay él, no come pancito de hamburguesas, ¿qué tenés alergia al buen gusto?
— No, yo como el pan de macho, no como ustedes. Es horrible ese, tiene sabor dulce.
— Bue, llegó Chuck Norris.
— Pasame el cuchillo, querés.
— Cuidado Chuck, no lo vayas a doblar con tu fuerza bruta.
— Dame, salame. Cortá tu pancito de princeso.
Nos reímos todos, excepto el gordo Kevin, que seguía estrangulando el encendedor, esperando que todo el resto nos sirviéramos. Por suerte no me estaba mirando a mí.
Me armé la hamburguesa, y con el amigo que estaba al lado mío hicimos el gesto de “chin-chin” como si brindáramos. Le di el primer glorioso mordisco, carne de primera recién salida del parrillero. Qué lujo.
— ¿Está rico, muchachos? —el gordo.
— Eso, ¡un aplauso para el asador!
— Gracias, Kevin, un tipazo.
— Espero que les guste, especialmente vos.
— ¿Yo? Sí, está rico, gracias.
— Más vale que sí, porque te estás comiendo mi hamburguesa —el bocado se me alojó en la garganta y no bajó más. Tosí—.
— ¿Có-cómo que tu hamburguesa?
— Claro, mirá lo que te digo. ¿Ves este paquete de acá? Este lo traje yo—, dijo revoleando un envoltorio transparente, como si fuera un abanico—, estas son hamburguesas más grandes, son premium, las compra mi viejo cuando sale del laburo. Son de otro color, ¿no viste?
— N-no, no me había—
— Abrí el pan.
— No, no hace falta, tomá si que—
— Abrí el pan y mirá la hamburguesa, vas a ver.
— No hace falta, Kevin, tomá la mía si querés, estamos acá tranquilos comiendo, fue un error de—
— Error las pelotas.
Toda la mesa quedó en silencio de nuevo. Había podido hacer pasar el bocado, pero la sensación incómoda seguía ahí, tragué pero no se iba. El gordo se paró lentamente.
— Toda la mañana me estuviste encima. Estos no lo vieron, estos no saben. Me diste una terrible tosca en el agua, me pegaste en las costillas en el vestuario, te escapaste como un cagón con la bici. Después volvés y me tirás la coca encima de la remera nueva.
— Perdón, no—
— Callate. En la pileta más chica me metiste una buena, no te lo voy a negar, me dejaste sin aire y te tuve que soltar. Estos estúpidos no sabían nada así que me callé, pero ahora te animás a comerte la hamburguesa que mi viejo me trajo exclusivamente para mí. Vos estás demente. ¿No?
— No, no, perdón, yo—
— Te voy a enseñar a meterte conmigo. Te voy a enseñar a tocar lo que es de otro.
— No, no, yo—
— ¡Vení acá, pendejo miserable!
Me impulsé hacia arriba para salir de la mesa, pero el banco de granito me trabó las piernas y perdí el equilibrio. Cuando me logré parar el gordo ya estaba enfrente mío, me agarró del brazo estrujándome como al encendedor; el sacudón disparó un impulso de dolor que llegó hasta el hombro. Estaba como paralizado del brazo, caminé hacia adelante forzado por el gordo que me arrastraba hasta el parrillero. Me soltó y la otra mano me comprimió la nuca con la misma tenacidad, acercándome más y más a las brasas calientes, que me estaban carbonizando la cara. Hice una mueca, pero él solo hizo más fuerza para mantenerme en el lugar.
— ¡Mirá para allá!
— ¡Estoy mirando!
— ¿Entendés ahora cuáles son las mías?
— Sí, entiendo—
— ¡Señalalas! ¿Cuáles son?
— Son esas.
— ¡No te oigo!
— ¡Son esas, esas de ahí! —y señalé con un dedo tembloroso—.
Un puño de acero se incrustó sobre mis costillas. Tosí soltando todo el aire. Otra vez, y otra vez más, y el gordo Kevin me llevó del cuello y me apretó la cara contra la reja que separaba el quincho de la pileta de afuera, la más grande. El agua brillaba calma y relajada, en contraste con los golpes que me estaban separando todas las fibras de la carne. ¿Dónde estaba ese brillo raro que me había ayudado todo el día? ¿Ahora qué hago? ¿Qué hago, dios?
Me dolía la cara, me quemaba. Agua, necesitaba agua. Sentí una especie de brisa helada. Tenía que hacer algo. Aquí voy. Di un codazo fuerte atrás. Lo erré. Di otro, conectó. Era algo tibio, el gordo bufó y me soltó por un segundo, me alcancé a parar. Cerré los dos puños. Me di vuelta. Vi al gordo en primera plana. Mano en las costillas, ojos deseándome la más violenta muerte. No veía nada más que a él. Sentí fuego en la cara, sudor en los puños. Corazón en pausa.
Pasó un segundo. Después de eso otro, y otro más. El corazón me latía en las orejas, el gordo seguía estrujándose las costillas y mirándome fijo. Respiré y el movimiento me hizo consciente de todos los lugares del cuerpo donde me había golpeado, un latigazo espantoso. El gordo se movió como en cámara lenta y dio un paso, después otro y me empujó fuerte para atrás, lo que me tumbó al suelo. Me paré rápido listo para seguir, pero el gordo se dio vuelta y caminó derecho para la mesa. Los otros chicos se descongelaron de sus lugares, corriendo a rodearme.
— ¿Estás bien?
— Estás loco, amigo, ¿qué onda con el gordo? Casi te mata.
— No podés hacerle la contra así, la sacaste barata amigo.
— Sí, sí, gran ayuda que fueron ustedes, con esos consejitos ahora me quieren hacer sentir mejor. Pero bien cagados las patas estaban, gracias por defenderme.
— Cagado estabas vos, salame, ¿qué decís? Si lo estuviste evitando toda la tarde.
— ¿Sabés qué? No te gastes, puedo solo.
— Dejen chicos, no sean así. Vení, tomate una coca, el gordo ya se va y jugamos un truco, después te metés en la pile y te despejás. ¿Te parece?
— Bueno, está bien.
Respiré hondo para calmarme, mientras me miraban los otros inútiles. El brillo ese, lo que sea que fuera, se había ido de nuevo. Ahora que me estaba enfriando, sentía punzadas intermitentes en el brazo, el cuello y las costillas, como si hubiera nadado una maratón de aguas abiertas. Más allá en la mesa, el gordo Kevin juntaba sus cubiertos, se ponía la remera y enfiló al fin para la salida. Me miró y me hizo un gesto mínimo con la cabeza, que le devolví. Se fue dando pasos lentos y calculados, el blanco de la remera contrastando fuerte con la mancha de coca, cada vez más oscura.
Un rato más tarde, me acordé que me habían quedado las ojotas en el vestuario. No había nadie, así que me tomé el tiempo de mirarme los magullones al espejo. El gordo desgraciado me había lastimado bastante. Me enjuagué la cara de nuevo, sentí una brisa refrescante en los cachetes una vez más, y vi por el espejo el brillito que me había estado volviendo loco todo el día. Me giré de inmediato; la botella de agua, en el piso al lado de las ojotas. Eso brillaba.
Me agaché con curiosidad, pero no parecía tener nada especial. Sin embargo cuando la levanté, apareció en el mismo lugar una forma primero transparente, luego progresivamente volviéndose celeste y cada vez más sólida. Se fue materializando en el piso, como niebla que se condensa en un parabrisas, creando unos ojos minúsculos que me devolvían la mirada. El bicho me hizo un chillido amigable, una especie de bola de gel con patitas y orejas chorreando agua.
— ¿Eras vos entonces?
— chillido
— Mucha ayuda que fuiste, eh. Debés de haberte perdido, no tengo idea cómo habrás llegado a la pileta. A todo esto, ¿qué sos? Nunca vi nada parecido.
— …
— Bueno, por lo pronto, subite a la mochila. Supongo que si te abro la botella de agua…
El bichito se esfumó de vuelta en neblina, brilló de color blanco un momento, y reapareció como un par de ojos flotantes adentro de la botella. Unos segundos más y el agua se tornó celeste. Le cerré la tapa y guardé la botella en la mochila. Tocaba volver a casa.
durazno. ↩︎
